viernes, 22 de diciembre de 2017

Fracasos a largo plazo


La primera vez que salimos él aún no tenía un smartphone –aunque ya era 2014– y nos citamos por sms's afuera de un Sanborns Café. Se sorprendió al verme porque mi cabello era terriblemente rubio y oxigenado. Fuimos a la pulquería de Insurgentes en cuya pared estaba una pintura enorme de Daniel Lezama.

Tomamos cerveza, le platiqué que en el día había ido a una entrevista al periódico Reforma, en eso me mostró su libreta con anotaciones preciosísimas que no logro recordar y a modo de separador tenía una pluma del Reforma; celebramos la coincidencia.

Por supuesto, llevaba puesto el vestido que más me gusta hecho por mi madre y una parka verde militar. Después de las cervezas evidentemente fuimos a su departamento, en medio de ríos nacionales, el más bello de los posibles departamentos amueblado con lo más indispensable –para él–: libros. Siete libreros y la mesa con una torre de los pendientes de leer. Creo que nunca ha tenido una estufa.

Después de que ocurrió lo que trilladamente ocurre cuando él lleva a una muchacha a su departamento, me leyó en voz alta el Canto I de Altazor.

Este episodio está colmado de detalles que omito y que estoy segura que los recordaré conforme pasen los años. Por hoy, mi memoria me sorprendió con lo del mural de Lezama y la pluma del Reforma. A él lo recuerdo cada que pienso la Ciudad de México.


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