miércoles, 27 de septiembre de 2017

Se me acaba el argumento y la metodología

... cada vez que se aparece frente a mí tu anatomía.

Era 1998, quizá 1999, en cualquiera de los casos yo tenía diez años y sufría la primaria a culpa de mi fealdad y falta de carisma. En ese entonces, ya empezaba a ir a casa de Mariel a ¿jugar, platicar? ¿escuchar música?, y había algo en el hecho de esas visitas que no sé cómo definir y que me daba mucha culpa. Podrían ser las primeras groserías, la música mundana, la ausencia de un padre en aquella casa o la sensualidad que siempre me han despertado las muchachas. Como dato: a Mariel le crecieron los pechos desde cuarto de primaria, y eso era bastante sobresaliente.

Unos años antes, una vecina tenía el "Pies descalzos", no sé si Sandy o alguna de las hijas de doña Trini, y lo ponía todas las tardes sin excepción, varias vueltas al cassette, a volumen alto. Puedo identificar "Estoy aquí", la pista número uno, como una de mis primeras obsesiones en la vida. Cada que sonaba en el patio de a lado, yo salía frenética al jardín para escuchar, cantar, ¿bailar? aquella canción entre el ciprés y el pino de casa de mis padres.

A veces me quedaba a escuchar el resto del album, cerca de la barda, e intentaba aprenderme las letras y cantarlas con la rapidez que Shakira, pero como siempre fui pésima para los trabalenguas sospecho que no lo lograba.

Volviendo a Mariel, si mal no recuerdo ella tenía "Dónde están los ladrones", el segundo album de Shakira en cassette y me lo prestaba. Ya en mi casa, no sé de donde salió ese ritual de sacar la grabadora para escuchar música. Tal vez mis padres no soportaban la música dentro, no sé; en fin, este cassette prestado lo oía en la terraza.
Cuántas veces he intentado enterrarte en mi memoria
y aunque diga ya no más, es otra vez la misma historia.
Oh, esa terraza. De piso azul celeste con mosaicos de contornos singulares, ahora despintados. Con sus ventanas de reja cuadriculada en forma de balcones que hacían un hueco donde los pichones hacían nidos, ponían sus huevos y cagaban: nuestra plaga patrimonial. En las bocinas: bruta, ciega, sordomuda.


Tomaré este momento para amar esos mosaicos celestes y resbaladizos, donde se hacían pequeños charcos de agua y cloro cuando nos tocaba lavarla; y para amar también la capacidad de asombrarme con letras de canciones literariamente infames como las de Shakira.

A esa edad, con sonrisa de dientes chuecos, labios gruesos y trompita levantada, falta de autoestima, escuchar emocionada aquellas canciones parece tener más implicaciones de las que podría creer.

Me declaro incompetente para explicar lo que Shakira y sus hits pueden provocar en una niña de diez años. Tal vez la generación del "Despacito" logre explicármelo en el futuro.


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