Cuando salí, apenas a unos pasos me topé con un paisano tamaulipeco que conocí en una cantina los primeros días que llegué. Fuimos a almorzar y a ponernos al tanto uno de otro, me acompañó en mi itinerario. Fuimos al bazar y a otro paseo de antigüedades, después a un mercado al que me he prometido volver y probar sus exquisiteces como gorda infalible que soy. Hice mis compras.
Volví a casa a dejar las cosas y buscamos un lugar en qué meternos indecisos si café o cerveza. Luego de caminar varias cuadras entramos a un restaurant con un patio cuyas paredes y techos están pintados con motivos art nouveau. Pedimos chelas. En la mesa de enfrente, un hombre joven bebía mezcal, aunque serio y casual tenía un aire distinguido. Unos músicos se le acercaron, intercambiaron palabras y empezaron a tocar: primero aquella canción que dice ‘Tampico hermoso' y después otra de Cuco Sánchez que habla de Altamira.
Mi amigo no se aguantó las ganas de preguntarle si era de Tampico como él, después de la respuesta afirmativa y presentarnos como paisanos, el joven se acercó gustoso y se sentó con nosotros sin pedir permiso. Empezamos a platicar exactamente de los mismos temas que hablan tres norteños en tierras queretanas, aderezado con mucha política y versiones alternativas a la historia de México bastantes sensatas; aquel con admirable elocuencia pues es abogado y, después apuntó, hijo de un ex-gobernador de Tamaulipas (inmediato pensé: uno de como los 20 que sembró a lo largo y ancho del estado) y sí, ya viéndolo bien la mismita cara del conocido político.
La plática siguió amena a excepción de algunos detalles, en todo lo demás coincidíamos: fuera el PRI, los tres votamos por AMLO. Después nos retiramos, me despedí de mi amigo y me quedó este sabor norteño de domingo ya que terminé mis quehaceres y recapitulo acostada en mi cama, en el ínter entre dos cogidas que se aventaron mis vecinos, para variar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario