miércoles, 13 de junio de 2018

Pepe

Pepe tenía 37 años cuando nosotros teníamos 13.

Pepe era nuestro amigo gay y un pedófilo: nuestro de Hugo y mío, pero más de Hugo que mío.

Una parte de mí lo quiso mucho pero no entiendo por qué.

El primer pene que vi en mi vida fue el suyo tallado en madera y después el suyo de piel y carne. Aquel pene de madera lo usábamos como micrófono cuando ponía las canciones de Juan Gabriel.

Pepe tenía un rostro bello, moreno, con ojos verdes y café como los kiwis, su nariz perfecta de 60 grados y su boca pequeña. Él no era muy alto, pero su cuerpo se veía largo cuando se paraba en los escalones de la puerta y recargaba la cabeza sonriendo tiernamente.

Quizá la parte más miserable de esta historia es la zona en la que vivía. Su casa hecha de trozos de madera y de cartones de leche no llegaba ni a título de jacal. Para llegar ahí en autobús uno se bajaba en un fraccionamiento y caminaba hasta donde terminaban las casas, la señal era un tanque de agua rotulado con el logo de coca cola, entonces te dabas cuenta que el fraccionamiento estaba bardado. Detrás de esa barda estaba la vía y la casita de Pepe junto con otras veinte casas formando una línea: el contraste era fascinante, me gustaría volver allí.

La otra ruta era ir desde mi casa por toda la vía del tren, al llegar a la alameda se abría una perpendicular de la misma vía que terminaba exactamente con Pepe. En total como cuatro kilómetros desde la casa de mis padres. Algunas veces caminé este trayecto, pero la mayoría las recorrí en bicicleta por ser más conveniente, sobre todo cuando iba anocheciendo.

Bueno, miserable quizá pero triste jamás, Pepe era sumamente feliz. Su piel siempre olía a río, al que iba a bañarse varias veces al día para soportar el calor de más de cuarenta grados. Siempre estaba cantando, silbando, joteando. Decía "está cachondo" cuando se refería al comal, al piso o cualquier superficie ardiendo, y cosas así.

En lo que sería su cocina, sobre un pilar de madera estaba clavada una carta de baraja con la fotografía de una mujer desnuda con un pubis muy velludo, de ese mismo clavo colgaban las llaves para abrir el cuarto donde en un huacal a lado del colchón tenía las revistas de porno gay que hojeaba impresionada.

Por más que me esfuerce no recuerdo de qué hablaba con él, además era bastante tímida. Recuerdo una vez que le dije que vendiera mi virginidad porque yo quería dinero para comprar cds de música y tenía todavía la edad en la que las virginidades valían varios pesos.

Las veces que iba sola se lo ocultaba a Hugo, pero después él llegaba y yo me sentía horrible. En ese entonces Pepe también andaba con unos hermanos que eran cuates, Hugo moría de celos por no ser el único. Hugo toleraba en silencio ser señalado en el salón de segundo de secundaria por tener un novio muy mayor.

Cuando estábamos solos, Pepe decía que sí le gustaban las mujeres y empezaba a tocarme y a besarme. Todos los recuerdos son un poco vagos, menos el de ver desfilar infinitamente el logo de Lala de los empaques de leche que forraban la pared delante de mi ojos. La vez que se sacó la verga por primera vez me espanté mucho, después la adoré. Cualquier cosa que hiciéramos se volvía un baño de sudor.

Ya cuando decidía volver a casa y no traía bici, Pepe me daba aventón en su pequeña moto, yo me abrazaba a él ocultando mi cara, hasta que me dejaba donde ya se empezaba a ver gente en las calles.

Meses después, cuando entendí que el fin de todo era que se la chupara dejé de ir a buscar a esa piel tan lisa como una madera barnizada.

Ahora que han pasado 16 años no tengo una opinión al respecto. No lo defiendo, pero tampoco lo odio. En definitiva conocerlo definió un poco el resultado de la persona que soy, una con más amantes que años de vida.

Mi amigo Hugo, eterno joven, está muerto; Pepe no sé.

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