martes, 26 de septiembre de 2017

Halloween 2012

Tengo un asunto pendiente que no me permite avanzar en mi deconstrucción: Carmen.
Ya casi vuelve a ser Halloween, como el del 2012. Ella de belly dancer, yo de Merlina. Sus amigas de Cleopatra y no recuerdo de qué más. Bailamos en una fiesta de trabajadores del Seguro Social y seguimos bailando en un bar horrible.

Habíamos pasado los últimos cuatro meses saliendo como amigas que buscan combatir el aburrimiento en un pueblo intolerante. Solíamos tomar vino, una botella para cada una, platicar de temas que ya ni recuerdo y me instruía en juegos de mesa. No sé si ignoraba que me gustaba desde el bachillerato, cuando usaba su cabello hasta las orejas y caminaba de la cafetería a su salón con la sonrisa más hermosa de la escuela.

Cuando la volví a conocer, trabajaba en el laboratorio del hospital en el turno de la noche y entrenaba tae kown do. Creo lo sigue haciendo. Llevo cinco años desperdiciando un dolor que no tiene el menor caso. Por entonces, mi departamento era muy lindo, nunca la toqué ahí. Iba a arruinar una linda amistad, que de todas maneras la arruiné, la arruinamos.

Le hice las fotos más bonitas con el mismo desinterés de siempre en encontrar belleza. De todas formas, Carmen es indiscutiblemente bella. Al menos capturé la textura de la piel de sus mejillas y de la parte de atrás de sus rodillas. No la tocaba ni con el pétalo, ella era mi rosa, como su vestido del color de mi rubor interno.

Después en el bar se nos subió el alcohol, pero esto es más bien una teoría, no puedo asegurar si estábamos ebrias de lo que tomamos o sólo de deseo. Cada vez que íbamos al baño nos dábamos pequeños besos, me sentaba en el sofá que estaba por los lavaderos y ella ponía su cabeza sobre mis piernas. Después de una hora o dos, los besos ya no estaban reservados para cuando íbamos al baño, ya sucedían en nuestra mesa frente a todos. Ahí comenzó el error.

Volvimos una última vez al baño. Entramos las dos en uno sólo. No sé si yo estaba ya ahí y ella entró, o si estaba ella y yo entré. Nos besamos, nos tocamos y todo aquello que no había sucedido en los cuatro meses pasó. Me levantó el vestido de Merlina, me besó los pechos, quizá metí mi mano dentro de su disfraz de belly dancer, pero no lo recuerdo, es posible. El encargado del bar nos abrió la puerta, desde ahí hasta la entrada del bar se volvió un escándalo del que nadie se percató realmente. Todo mundo estaba ebrio.

Me llevó a casa. No volví a saber nada de ella, no respondió mis mensajes. Lloré su nombre por más de un año. En estos cinco me ha saludado un par de veces, no más. La extraño.



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