lunes, 9 de junio de 2014

El cometa y el fantasma

Es la primera vez, y desde el principio había que hacerse a la idea de que una no existe, eres un recuerdo si acaso, una idea totalmente inmaterial; pero pues qué iba a saber, novata. Asunto que no tenía relevancia, es casado –bien, ya que- sin necesidad de verificar una argolla. Es casado porque lo sabes y muestras sincera empatía al preguntar por sus hijos y un tipo de vida que ignoras. No soy ingenua, no me interesa más que para coger, cada diez años dijo él, qué perfecto. Aún así con reservas dada mi ética, una muy escrupulosa. Después de semanas escribiéndonos, partimos de la fantasía al hagámoslo cuando coincidimos en la ciudad.

¿A quién no le gusta el sexo? Con casados no, gracias. Pero y ¿si sí? Ay güey, en la que me he metido: un problemón pero mental, de los existenciales. Desde adolescente que no me escabullía para coger. La aventura fue mero trámite, ve a un a hotel, me escribes en cuál y qué cuarto. Ah, cómo me encanta sentir que tengo el control, cada palabra debe llevarse a los términos más explícitos posible, siempre.

El hotel ‘X’, habitación 128. Ok. ¿Y luego? Primera oportunidad: sin química. La segunda es la definitiva: excelente, redoble de tambores, bombo y platillo. El terror y el vacío vinieron después. Un café mínimo, pues no. Una cena, caminemos para que se nos relaje el pulso, baje la adrenalina de tan rica sesión de, vaya, todo: manos, bocas, genitales, cabalgatas, precipicios, gemidos, fluidos y, ah sí, besos; tampoco. Así como cada quien llegó por separado, así nos vamos por su lado cada uno. Qué horror, delatando mis principios. Hace cuánto que nadie vacilaba con mi libertad así.

Los últimos mensajes que le envío, como todos los que el matrimoniado debe borrar periódicamente de su teléfono, consisten en una sarta de palabras dolidas, del ego dolido, “Me has quedado como el recuerdo de un sueño, más que de un suceso, y uno muy fugaz aparte”. Claro, dos horas es rápido si empezamos por el “Hola-cómo estas-qué tal tu estadía-bien, gracias-qué buena te has puesto-eres un tragaños-todos viajan menos yo-bájale o súbele al aire acondicionado” para culminar en un acto como debe ser, porque me gustan las cosas bien hechas. Este cometa vuelve cada diez años, a ver si cojo igual a mis treinta y cinco. Minutos después me responde con un mensaje “No pasó”. Imagine lector (típica formula) cómo me sentí: un fantasma.

Es una caricatura y no la vuelvo a repetir. Esa vez salí del hotel, sola, encendí un cigarro y más tarde tomé un café con los que sí puedo platicar y caminar y convivir y reír y comer y cenar a gusto públicamente. Por desgracia a ninguno de ellos me lo quiero coger.

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