miércoles, 27 de noviembre de 2013

EL TAXISTA


[Paréntesis] Me emociona siempre la foto que queda al final de la película, aunque no salga completa.

Es suficiente con marcar su número y decir: “¿Puedes pasar por mí?”. Este se ha convertido en el ritual cuando salgo de trabajar diariamente casi a media noche. El taxista, ese personaje cotidiano, es el hombre que veo con más frecuencia, el que me lleva a casa y el que, en un vistazo advierte cómo me fue y cómo terminó mi día.

Los primeros “rides” fueron en una pésima e indeseable borrachera, que afortunadamente no ha vuelto a repetirse. Una vez que quise cenar saliendo del trabajo, antes de llegar a casa, le pedí me acompañara. Cenamos carne asada, le pregunté “¿Eres feliz?”, francamente me respondió que no. Es también solitario y me platica anécdotas de cuando trabajó en el extranjero. Alucino con su extraña concepción donde soy la profesionista que trabaja frente a un ordenador (algo bastante común, para él no tanto). Está estancado en un fracaso amoroso; me alegra verlo entusiasmado cuando ha visitado a sus pequeños retoños. Para la hora en que lo veo, es imposible ocultar cómo me siento, es quien advierte el cansancio y a veces el tedio, aparece cuando no puedo sostener el mínimo gesto fingido; es el momento en que descanso hasta de mí, de la exigencia diaria. Nos escuchamos mutuamente, es fácil que me asombre con cualquier cosa que me resulte desconocida y me haga reír espontáneamente. Siempre accede a mis ocurrencias.

En una temporada en la que evitaba socializar lo más, preferí la compañía de mi taxista: para platicar, para salir a tomar café en el autoservicio de 24 horas, para ir a cenar, para prácticas de fotografía donde me obsesiono en obtener el fiel retrato (en las que ha sido mi modelo cuando exploro nuevos lugares), para recorrer la ciudad en la lluvia mientras fumo. Le llamo para que me lleve de un lado a otro en la noche, o que pase a recogerme al bar donde me gusta ir a escuchar música en vivo. Una vez a la semana reanudamos las clases de manejo, y con un café en la barriga conduzco rudimentariamente su coche en un bulevar de madrugada.
En el trayecto a casa, no todas las veces entablamos plática. Es muy divertido que todo lo mío le resultan locuras, y todo lo de él me viene también un poco loco. Eso es lo atractivo de la diversidad en la vida y en las personas; por ejemplo todos los días le pregunto ahora qué dejaron olvidado en su coche y que me haga el favor de coleccionarlo (llaveros, aretes, encendedores, tickets, etc.) y muchas otras situaciones que alimentan mi curiosidad.

Debo admitir que los últimos meses lo he preferido a otras personas. ¿Por qué? Apenas lo advierto, es la cobardía a enfrentarme a quienes me han conocido por años, es muy cómodo refugiarse en la convivencia con alguien que apenas sabe de ti y que no te exige como lo harían tus allegados. Es un escape a todas las voces que demandan ser lo que de momento no eres.

Interesarnos por alguien anónimo en un principio, aunque parezca un acto cobarde, puede permitirnos conocer las prioridades de alguien más y apreciar detalles que consideramos ajenos a nuestro mundo; explorar las perspectivas de otros y planear proyectos en torno a nuestro nuevo extraño. Cada quien tiene una historia propia (e interesante) que contar. Para ti ¿quién es tu desconocido favorito?

Si quieres ver todas las fotos que tomé con mi taxista, pulsa aquí.





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