domingo, 14 de julio de 2013

SER



Vivir todo el tiempo pensando que el actual no es mi mejor momento, se ha vuelto uno de mis peores defectos. Por subestimar algunos acontecimientos que podrían brindarme un poco de alegría y por verlos como poca cosa he dejado de disfrutar el presente, y sucede que al paso del tiempo tratas de recolectar esos momentos arrepintiéndote del por qué no los gozaste al máximo en el instante que sucedieron. No sé si me explico.

Como ejemplo pongo una ocasión en el 2008. Más de un par de veces se publicaron algunos cuentos y textos breves en un diario local, al término de este año se editó una antología con el material literario de los participantes en ese dossier del periódico. Fue una pena que no le diera el valor que merecía a ese acontecimiento, por sentir que mi trabajo no era representativo; cuando se llevó a cabo la presentación de dicho libro evité compartirlo con las personas que me rodeaban, porque en el fondo tenía vergüenza de que se revelara ese lado "cultural" en el cual participaba. Era común entonces, dada la banalidad de mi generación, sentirse rechazado por alguna actividad artística, no como ahora que ha resurgido imponentemente y se sobreestiman los quehaceres intelectuales y pseudointelectualoides. Ahora, a la distancia, ya lejano el hecho, pude sentirme orgullosa de ver mis textos en un libro, cosa que a los 20 años subestimé. A esto me refiero al precisar mi incapacidad de vivir plenamente el momento.

Pero, aunque esto sea uno de mis lados negros, hay algo que debo reconocer: así soy. Y éste es uno de los puntos al que quiero llegar: ser uno mismo. Si enumerara todas las ocasiones en que ser quien soy me ha traído dificultades, no acabaría pronto. Ahí es cuando te cuestionas si vale la pena ser quien uno es, o cambiar la dirección de las cosas en busca de la llave que se acoplará perfecto para cualquier circunstancia que te sitúa en el entorno social. 
Al momento de cotejar mis decisiones contra los resultados, no logro obtener una conclusión satisfactoria. De todo esto, lo único que puedo inferir es que, ser fiel a uno mismo no es cosa fácil. Es ir a contracorriente, es callarse muchas veces contra la injusticia entre líneas, es sentirse defraudada una y otra vez, es ser juzgada y la mayoría de las veces, malentendida. 

La otra cara de la moneda, lo bueno de ser auténtico, es que te hace vivir en una libertad inexplicable, sentirte bien a pesar de los juicios de los demás, lo bueno es comprometerte con tu persona y valorar tus statements como un tesoro, y sacarle jugo a ese atributo humano que nos dice que todos somos únicos y que muchos no lo hacen efectivo.
Al evaluar qué sí vale la pena y qué no cuando compromete mi autenticidad, mi decisión siempre ha sido ir en pos de quien soy, arriesgándome muchas veces a la desaprobación hasta de personas cercanas. Y pocas veces me ha pasado al contrario, actuar conforme a quien no soy y obtener aceptación en alguna área específica, lo cual me ha resultado decepcionante por considerarlo una traición a mi. Entonces, ¿cómo lograr el equilibrio? No lo sé. Pero indudablemente, a pesar de tropiezos, puedo decir que la única cosa que vale la pena, entre otras, es buscar sentirse bien consigo y ser fiel a sí mismo. 

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